Soy imbécil.
"No, no puedo perdonarte, le dije. Y no hablamos más. Por semanas no hablamos más. Yo me clavaba el punzón a solas y escondía mis heridas, y lavaba la punta para no infectarme. A veces, me levantaba por la noche y paseaba por la casa con el punzón en la mano, fría, como un fantasma y luego me encerraba en mi cuarto de baño y me pinchaba sobre el lavamanos viendo los hilillos de sangre salir de mis antebrazos como los afluentes del Amazonas.
El dolor era mi droga. Peor, demostrar que no me dolía. No me duele, decía yo. No me duele, repetía. No me duele nada, me decía. Y es que todo me dolía. Estaba loca, desesperada de dolor. Desesperada."
El cuaderno de Mayra.
Y hoy, otra vez, pese a saber que no estoy sola, siento la desesperación de mi sangre, luchando por salir.
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